Hacer tuyo un escenario

A cualquiera de nosotros nos ha costado estar cómodos en un escenario desconocido, nuevo o difícil. Pensemos en un aula de examen de selectividad, un despacho donde nos hacen una entrevista de trabajo, una sala de reuniones de una empresa distinta, una tarima en un salón de congresos, un estand de una convención de exposiciones... Lo ideal en todos esos lugares es conseguir ser nosotros mismos, para poder mostrar lo que de verdad sabemos hacer, sin estar condicionados por ese miedo escénico.

Hoy reflexionaremos sobre esta noción de pertenencia al lugar, en el que nos sentimos seguros en cuanto lo hacemos nuestro al cabo de un tiempo. Esa inseguridad inicial la heredamos de nuestro cerebro más primitivo, cuya capacidad de alerta nos ayudó en la supervivencia cuando éramos homínidos prehistóricos en constante peligro por depredadores. Sólo cuando conocemos bien el espacio en el que nos encontramos, baja esa alerta y actuamos de una forma más relajada y pensamos con más claridad. Y para lograr esa comodidad lo más rápido posible, existen algunos trucos que ayudan a calmar ese estado de alarma ante el peligro, que es producto de nuestro inconsciente.

Una vez más, beber agua del tiempo es de lo más efectivo, como ya hemos mencionado en el punto 2 de esta entrada. Aquí cabe destacar la parte en la que obligatoriamente tenemos que estar erguidos para beber correctamente. Pues si esa es la mejor postura para beber, ¿estamos de acuerdo que también lo es para respirar? Ésta es una de las claves más importantes: respirar bien. Al estar con la espalda recta ayudamos a oxigenar mejor nuestro cerebro y mostramos una actitud más activa en la interacción con los demás, lo que nos hace sentir que somos dueños de nuestro espacio vital y que encajamos bien en el contexto donde nos encontramos. Esto se aplica cuando estamos tanto de pie como sentados.


Si nos encontramos de pie, es fundamental trabajar bien la comunicación no verbal. La referencia siempre es que estemos erguidos, con los pies en paralelo y en el mismo eje vertical que las caderas, junto a los brazos en ángulo recto cogiéndonos la punta de los dedos manteniendo la simetría corporal. Mientras escuchemos, es preferible no movernos. Cuando intervengamos en el discurso, podemos hacerlo pero evitando movimientos rápidos y demasiado amplios, y nunca cruzándonos los brazos ni tapándonos la cara, ni siquiera cogiéndonos un brazo con la otra mano ni tocándonos la cara para rascarnos.

Si estamos sentados y tenemos una mesa delante, no debemos apoyarnos en ella con los brazos dejándonos caer hacia delante, los codos deben quedar a ambos lados de nuestro tronco, en el mismo plano vertical. Si no tenemos dicha mesa, tampoco debemos apoyar nuestros codos sobre las rodillas, eso nos hace quedar demasiado agachados hacia delante y damos una sensación de inseguridad y sumisión, que inevitablemente se nos contagia a nosotros mismos. Mientras no tengamos que hablar, podemos apoyarnos sobre el respaldo de la silla, eso ayuda mucho a relajarnos y transmitir al resto de personas que estamos a gusto con su compañía, lo que tiene un poderoso impacto de agradecimiento en nuestros anfitriones.

En cualquier caso, si tenemos la posibilidad de visualizarnos en ese escenario, previamente a nuestra exposición en él, es sin duda la mejor preparación. Ya sea a través de un formato multimedia (Google Maps y YouTube nos facilitan eso con fotos y vídeos) o bien de manera presencial. Para esto último yo recomiendo a mis alumnos que estén durante mucho rato en ese escenario vacío: en silencio, escuchando música, jugando al escondite... Todo lo anterior ayuda a que sepamos movernos por ese lugar incluso con los ojos cerrados, lo que da una noción de estar en nuestra casa, y eso transmite una fuerte seguridad a nuestra audiencia, que se siente mucho más cómoda escuchándonos.