El secuestro de la amígdala

Ahora que ya tenemos vistas las diferentes partes de nuestro cerebro, podemos entender mejor lo que sucede cuando se produce el llamado secuestro emocional o secuestro de la amígdala. La amígdala en este caso es una zona ubicada dentro del cerebro límbico (el cerebro emocional), no las que están en la garganta. Esta amígdala es como el centro de control del cerebro y se encarga de analizar si lo que estamos percibiendo a través de nuestros sentidos es una amenaza o no para nosotros. Hay que recalcar que no se para a analizar si esa amenaza es real o no (labor que haría el cerebro racional), solamente si lo que percibe puede suponer un peligro para nuestra supervivencia, y ante la duda, más vale una falsa alarma que un descuido mortal.

Ante cualquier amenaza (real o percibida), la amígdala secuestra al cerebro racional y entonces reaccionamos de forma emocional e instintiva. En este estado somos incapaces de razonar porque tenemos bloqueado el neocórtex y nuestra mente está enfocada en salvarnos de dicha amenaza sin ser capaz de ver más allá ni percibir la parte de verdad que hay en ella. ¿Por qué? El mensaje de los órganos sensoriales es recibido por primera vez por el tálamo. Parte de los estímulos del tálamo va directamente a la amígdala mientras que otras partes se envían al neocórtex. Si la amígdala percibe amenaza, activa el eje HPA (hipotálico-hipófisis-suprarrenal) y secuestra al cerebro racional, adelantándose a él e impidiéndole mostrar su respuesta racional.

Por ejemplo, cuando estamos inmersos en una película dentro del cine, y de repente aparece un tiburón con la boca abierta hacia nosotros, sus dientes afilados nos provocan un primer susto que hasta puede hacer que queramos saltar de la butaca para huir. Ese periodo de tiempo que pasa hasta que recordamos que no va a salir de la pantalla y estamos en peligro, es el tiempo que nuestro raciocinio está bloqueado por la amígdala.


En este proceso nuestro cuerpo empieza a liberar las hormonas del estrés (cortisol, adrenalida y/o noradrenalina), acelerando nuestro corazón y respiración, y así prepararnos para huir o atacar con el único objetivo de proteger nuestra integridad como especie animal. Es decir, cuando percibimos la realidad como una amenaza, el cerebro se bloquea y no escuchamos ni pensamos, sólo reaccionamos instintivamente arrastrándonos por nuestras emociones en lugar de pararnos a decidir racionalmente cuál sería la mejor respuesta en esa situación.

Esto puede traernos problemas en situaciones donde realmente no estamos en peligro, como al hablar en público (donde queremos huir) o al recibir una crítica (donde queremos atacar). En estos casos donde no hay un impacto acotado, similar al susto del tiburón en el cine, nos cuesta más ser conscientes de que la amenaza no es real, y el estrés sigue afectándonos prolongando el tiempo de bloqueo racional. Por esa razón:
1) Nos quedamos en blanco en un examen, pues el cortisol disminuye la memoria y el raciocinio.
2) Se nos hace un nudo en la garganta en una exposición oral, ya que la adrenalina tensiona los músculos.
3) Tenemos reacciones de las que más tarde nos arrepentimos, como contestarle a alguien de malas maneras, debido a la rabia y agresividad cuya responsable es la noradrenalina.

La conclusión que debemos sacar es que nuestro cuerpo reacciona de igual forma ante una amenaza real que una percibida, pero cuando no es real, no consumimos la energía producida por el estrés y nos prolonga aún más en un estado donde no somos capaces de pensar como lo hacemos en condiciones normales. Para contrarrestarlo, veremos más adelante cómo hacer una toma de conciencia para mantener el control que queremos, con inteligencia emocional.